Joaquín Sabina, carne de neón.
MATIAS URIBE
Antes que Sabina lo intentó Hilario Camacho, pero la propuesta del autor de De
paso no cuajo masivamente. Así es que podría decirse que hemos estado huérfanos de
esa especie criada (y abundante) en Estados Unidos, cual es la del cantautor eléctrico.
Aun cuando Aute se ha visto arropado por un grupo de de rock, lo suyo no podría
tomarse como muestra del cantautor úrbano, aunque justo es reconocer que su nombre y el
de Serrat resucitan con más brío que nunca en los ochenta y se adueñan del brillo de
los cantautores. Signo inequívoco de que para la ternura siempre hubo y hay tiempo,
parafraseando a Víctor Manuel y Ana Belén, el otro tandem de triunfadores en la presente
década.
Caótico, bohemio insaciable, noctívago, buscador de placeres, intoxicado por la
nicotina y los vapores del blues, Joaquín Sabina, pese a la irrupción de nuevos
valores como los tres javieres (Bergian Batanero y Ruibal) es el mejor
representante en España del cantautor eléctrico norteamericano, quien mejor ha puesto
aquí guitarras calientes a la voluntad poética y contestaria de los cantautores.
Sabina ha escrito deslumbrantes odas a la grisura de la gran ciudad, ha
inmortalizado al Madrid sombrío de las buhardillas y los soles de butano, ha pintado
liezos autobiográficos de un realismo y una mordacidad silbantes, ha canonizado a toda
una peculiar galería de personajes marginales, ha compuesto melancólicas piezas al
desconsuelo amoroso, tallado frisos de ironía desbordante a través de algunos de los
personajes reaccionarios de la historia del país y hasta se ha permitido el lujo de
parodiar a su maestro Dylan. Sabina ha roto con el esquema de cantautor político
ofreciendo poesía urbana y música de calidad.
Mientras a finales de los sesenta
varios de sus colegas intentan alisar, a golpe de estrofa rebelde, las rugosidades
políticas del franquismo, Joaquín Sabina (Ubeda, Jaén 1.949) hace acopio de sus mejores |

materiales sonoros en Londres,
donde se ha refugiado tras una novia británica y huyendo de la policia granadina, que le
busca por formar parte de un grupo político que ha colocado un cóctel molotov a
las puertas de un banco, a raiz del proceso de Burgos. Años de crispación estuadiantil e
insólita concienciación política para un estudiante de Románicas que ha pasado por los
salesianos y es hijo de un comisario de policia. La culpa la tendrá aquella guitarra que,
frente al disgusto familiar, vino a sustituir al reloj con el que tradicionalmente se
premiaba en casa de los Sabina a los hijos aplicados al finalizar su bachillerato
elemental.
Dura pero solvente academia.
Sabina sobrevive en Londres tocando en la calle y en los restaurantes de lujo (llega a
actuar ante Liz Taylor y George Harrison) y, cuando al cabo de siete años, regresa a
España, se encuentra con un panorama de la canción popular efervescente, pero confuso,
bien distante de los modelos que el ha conocido en la capital inglesa. Intuyendo que puede
arder en la misma hoguera que los demás, dosifica sus apariciones en mítines
políticos y, principalmente evita la calle como escenario de su música y como andamio
para ganarse la vida. Un ejecutivo que le vio en Londres le propone grabar un disco y nace
el elepé Inventario. Absoluta indiferencia. Pero ya pule su estilo y aguza su
ingenio de cronista urbano en la La Mandrágora. Ficha por CBS.
Sale en 1981 Malas
compañias, elepé disperso pero rebosante de grandes momentos musicales, que le
muestra como cantautor distinto. En 1983 traza el mismo arco que su maestro Dylan
y de cantante seudoacústico, pasa a cantante eléctrico con Ruleta rusa. Su
mejor elepé hasta hoy, Juez y parte (1985), vivo lienzo sonoro de
cálidos colores y entrañables confesiones personales, asi como un doble álbum grabado
en directo y un especial en Televisión Española en 1986, le colocan en la elipsis del
éxito masivo. Con Hotel, dulce hotel, editado en mayo de 1987, se le ve
sufriendo la enfermedad del triunfador que hace discos por compromiso, por formulario. Ha
de recuperarse: el neón sigue luciendo todas las noches en la ciudad y son muchas
historias de infierno y purgatorio las que seguir contando.
Artículo escrito en
1987. |